Tu inalcanzable sueño de nefastos seres, aniquilándose en su inmortalidad, siempre dispuestos a desmembrarse, con su incansable espíritu de ser tutelar, siempre presente, siempre ausente.
Tus periodos de soledad la refrescaban en tu mente, en tus huesos, en tus sentidos, en todo tu ser, la extrañabas con ira. Con fuego en los ojos, dedos y aliento, con pompas de ternura párvula emanando por la extensión completa de la piel, de tu piel, aquejumbrando su ausencia, agradeciéndola, envidiándola.
Siempre fuiste un ser de codicia, pero no dueño de la malsana, sino de la codicia a aspiración mejor, tu referencia irracional de superioridad humana, ¿Cuan equivocado estabas o no? ¿Quién podría precisarlo?, tu no! Hoy nadie.
Te desconsolaba la sola idea de tu amor perdido. El que te encadeno otrora, por el cual aun llorabas, ora en tus noches frías, ora en tus sopores, en tus intoxicaciones en alcohol, penitente, apesadumbrado, con la mas ominosas de las cargas de conciencia (y es que en esa parte también estabas aun equivocado) no lograste ni lo lograrías hasta hoy redistribuir bien las culpas para poder salir a flote de tu mar de lamentos, de tu valle de lagrimas en cuyo cielo avizoraba brumosas formaciones atmosféricas, allá al horizonte, ¿seguiría lloviéndote?
Con tu nostalgia casi palpable de densa, tus noches las hiciste de ocupaciones frívolas, escribir, salir, aférrate a las canciones más significativas de tus 7 mejores y peores años de vida nupcial, de vida sin renuncias, -de tu parte-, de convivencia malhadada, esa que los llevaría a destruirse como los seres irracionales en los que los trastornaba, su gran amor, su gran inmadurez, su gran sueño, sus grandes errores ¿vivían sumidos en ceguera? Pregunta para la historia, para cuando hayas envejecido, para tu retiro Marciano romanto-nostalgico empedernido.
Renaciste en ella muchas veces, aunque en ocasiones reconociste a su ser, privándote de la existencia que te otorgaba, tus grandes paradojas, de risa, de pena, tuyas, suyas.
¿Que fuiste para ella? El más cruel de los villanos, redentor de su peor error, errores que tu le ejemplificaste cometer, del que, en mucha medida, te sentías responsable, ¿cuán racional era esto? Sabias que de racional tenía apenas el espectro, ella infringió, y ambos se hallaron llorosos, tu muerto de ira, rabia, pena mezclada con desilusión, vértigo, frustración, culpa, nausea, hecho una gacha de mierda que mal olía y triste aspecto daba, la hallaste deteniéndote, quebrada en llanto genuinamente culpable, presa de su propio temor, de su fantasma peor, ¿qué les sirvió de consuelo? ¿Sus amatorios posteriores? No podías responder una pregunta con otra, No a ti, No aquí, así que la que más se hacía a una posible respuesta era haber admitido sus culpas después de tantos años, darse las disculpas a modo de pésame, porque aquel día te cauterizo la más grande, desastrosa, humillante, malhadada, inefable, dulce (miel de tu avispero) herida que jamás te hizo nadie, macho orgulloso, macho irracional, había sacado tu macho primitivo, lo mas bestia de tu persona, para restregártelo en la cara hoy y siempre, tu –en un proceso autómata te lo restregabas también-, en ausencia de ella, feedback de tu habitual recuento de los daños frente a quien tuvieras de interlocutor, te lo restregabas, y aun dolía la cicatriz que ninguna persona tenía permiso de tocar, ¿la tenias a buen recaudo? ¿La blandías como tu más significativo emblema? Tal parecía, y de lejos.
¿Habías aprendido algo de ella? Si! Estabas impregnado de todo de ella, sus manías, sus posturas, sus traumas, su ritmo, su tono, su olor, casi de su buen gusto, de su esquizoide personalidad, aprendiste a ser ella, pero como tú. Renunciaste a muchas cosas que te identificaban –diferenciaban- de ella, solo para enseñarle a tu preciosa avecilla a volar, lejos, sin precisión de retorno, ¿la reviviste también? La paradójica ambrosia de la vida, llena de sin sabores, endulza a embriagar a algunos, amarga a descomponer a otros, a ti te utilizo para endulzarle la existencia con tu lejanía y a ella la utilizo para amargar tu sopa de chocolate Marciano rojizo de fuego, nostalgia, de lado oscuro de luna. Te hiciste a ella, pero eso no te dolía, te hacia agonizar haberla dejado cuando podías haberla seguido, quizá mendigado (era lo que más te apestaba), quizá implorado, hasta convencido, pero, así como de los ríos, al menos el sarmiento debe quedar, guardaste lo que quedaba de dignidad para hacerte desde cero, hacerte a ti mismo, Marciano rojizo de fuego nostalgia, de lado oscuro y preconvencional
¿Que mas vez en su alma al ver sus ojos pardos de crepúsculo ahora?, en sus fachas de villana bendita, ¿en el hijo suyo? No mucho de ti, no mucho a los cual hacirse, tu fe al rescate, mal que mal, aun vivos los tres, le agradecerías un buen día, era tu promesa mejor, se los agradecerías. No a tu pesar, mas bien, a bien de tu corazón, como mejor de los consuelos que jamás volverías a hallar.
En la luz que irradia sin necesitarlo, sin desearlo y sin ser real, pero que para ti sigue siendo real, palpable, grande, oscura, pesado, la abrazaste imaginariamente una noche mas como muchas y no la ultima, la guardaste, te pesaron los ojos sin aguarse, te pesaron de cansancio, respiraste (aunque esto nos suenen a autoinstrucciones para tus ratos de depresión) se regalaron una sonrisa, sin rencores, sin reclamos, sin más para dar, satirizaste y no con ella, le robaste otra sonrisa, te abrazaste a ti mismo y no quedo ya más dolor, Marciano de fuego.
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